Crux Sancta
Recomendamos la lectura de este blog que se ha convertido en un nuevo aire a esta lucha contra las injusticias del camino.
La dirección exacta es la siguiente http://cruxsancta.blogspot.com.es/2012/10/catequesis-del-papa-sobre-la-liturgia.html?showComment=1349643317331#c8102331546482812647
Transcribimos la noticia pues nos parece de una gravedad absoluta.
El pasado 3 de octubre de 2012 el Santo Padre, en la audiencia de los miércoles dio una catequesis clara sobre la eucaristía, y parece ser que hizo referencia al camino.
La página camineo.info simpatizante del camino neocatecumenal acostumbra a transcribir textualmente dichas audiencias, sin embargo justamente este miércoles no ha sido así, sino que ha obviado las referencias del Santo Padre a la eucaristía.
Es costumbre, en las altas esferas del camino obviar aquello que no les interesa de la Santa Iglesia y resaltar lo que les interesa. Pero que se permitan corregir al Santo Padre obviando de sus textos lo que no les interesa, nos parece de una gravedad sin precedente.
Es otro claro caso de manipulación del camino sobre la iglesia.
Los blogueros del Crux Sancta han hecho un magnifico trabajo de investigación y creemos que es importante difundir lo que hace el camino.
Procedemos a transcribir textualmente el post, recomendado visiten dicho blog por la riqueza de sus textos.
Una vez leído, saquen ustedes por si solos las conclusiones de la gravedad de este hecho.
Catequesis del Papa sobre la Liturgia (COMPLETA)
Aunque muchos de ustedes crean lo contrario La
pagina Neocatecumenal Camineo.info hizo eco de esta catequesis del
Papa, el dia de hoy 05/10/2012 desde su pagina inicial en la seccion : La Voz del Papa:
Y dentro trató la noticia de esta manera:
Fuente: http://www.zenit.org/article-43273?l=spanish
LA LITURGIA, LUGAR DONDE VIVIR LA UNIVERSALIDAD DE LA IGLESIA
Catequesis de Benedicto XVI en la audiencia general de hoy
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 3 octubre 2012 (ZENIT.org).-
La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar a las 10,30 en la
plaza de San Pedro, donde Benedicto XVI se dirigió a grupos de
peregrinos y fieles llegados de Italia y de otros países. Ofrecemos las
palabras pronunciadas por el papa en una catequesis centrada en la
liturgia.
*****
Queridos hermanos y hermanas:
En la catequesis pasada empecé a
hablar sobre una de las fuentes privilegiadas de la oración cristiana:
la sagrada liturgia, que, como enseña el Catecismo de la Iglesia
Católica, es “participación en la oración de Cristo, dirigida al Padre
en el Espíritu Santo. En la
liturgia toda oración cristiana encuentra su fuente y su fin” (n.
1073). Hoy me gustaría que nos preguntemos: ¿en mi vida, reservo un
espacio suficiente para la oración y, sobre todo, que lugar tiene en mi
relación con Dios, la oración litúrgica, especialmente la Santa Misa,
como participación en la oración común del Cuerpo de Cristo que es la
Iglesia?
Para responder a esta pregunta, primero
debemos recordar que la oración es la relación viviente de los hijos de
Dios con su Padre infinitamente bueno, con su Hijo Jesucristo, y con el
Espíritu Santo (cf. ibid., 2565). Así
que la vida de oración es estar habitualmente en presencia de Dios y
tener conciencia de ello, en el vivir en relación con Dios como si
viviese las relaciones habituales de nuestra vida, aquellos con los
familiares más queridos, con los verdaderos amigos; de hecho, aquella
con el Señor es la relación que alumbra a todas nuestras otras
relaciones. Esta comunión de vida con Dios, Uno y Trino, es posible porque, mediante el Bautismo hemos sido insertados en Cristo, hemos comenzado a ser uno con Él (cf. Rom. 6,5).
De hecho, solo en Cristo podemos hablar con Dios Padre como hijos, de lo
contrario no es posible, sino que en comunión con el Hijo, podemos
también decir como Él dijo: "Abba". En comunión con Cristo, podemos
conocer a Dios como verdadero Padre (cf. Mt. 11,27). Por esto la oración
cristiana consiste en mirar de manera constante y en una forma siempre
nueva a Cristo, hablar con Él, permanecer en silencio con Él,
escucharlo, actuar y sufrir con Él. El cristiano descubre su verdadera
identidad en Cristo, “el primogénito de toda criatura”, en quien todas
las cosas subsisten (cf. Col. 1,15 ss). En el identificarme con Él, en
el ser uno con Él, descubro mi identidad personal, aquella del verdadero
hijo que ve a Dios como un Padre lleno de amor.
Pero no olvidemos: A Cristo lo descubrimos, lo conocemos como una persona viviente, en la Iglesia. Esta es "su cuerpo". Esta
corporeidad se puede entender a partir de las palabras bíblicas sobre
el hombre y sobre la mujer: los dos se harán una sola carne (cf. Gn.
2,24; Ef. 5,30ss; 1 Cor 6,16s). El vínculo indisoluble entre Cristo y la Iglesia, a través del poder unificador del amor, no niega el “tú” y el “yo”, sino que los eleva a su unidad más profunda.
Encontrar la propia identidad en Cristo
significa lograr una comunión con Él, que no me anula, sino me eleva a
la dignidad más alta, aquella de hijo de Dios en Cristo: “la historia de
amor entre Dios y el hombre consiste, en el hecho de que esta comunión
de voluntad crece en la comunión del pensamiento y del sentimiento, y
por lo tanto nuestra voluntad y la de Dios coinciden cada vez más” (Encíclica Deus caritas est, 17). Orar significa elevarse a la altura de Dios a través de una necesaria y gradual transformación de nuestro ser.
Por lo tanto, participando en la liturgia,
hacemos nuestro el lenguaje de la Madre Iglesia, aprendemos a hablar en
ella y por ella. Naturalmente, y como ya lo he dicho, esto sucede de
manera gradual, poco a poco. Tengo que sumergirme
progresivamente en las palabras de la Iglesia, con mi oración, con mi
vida, con mi sufrimiento, con mi alegría, con mis pensamientos. Es un
camino que nos transforma.
Pienso entonces que estas reflexiones nos permiten responder a la
pregunta que nos hicimos al principio: ¿cómo aprendo a orar, como crezco
en mi oración? Mirando el modelo que Jesús nos enseñó, el Padre
Nuestro, vemos que la primera palabra es "Padre" y la segunda es
"nuestro". La respuesta, entonces, es clara: aprendo a orar, alimento mi
oración, dirigiéndome a Dios como Padre y orando-con-otros, orando con
la Iglesia, aceptando el regalo de sus palabras, que me resultan poco a
poco familiares y ricas de sentido. El
diálogo que Dios establece con cada uno de nosotros, y nosotros con Él,
en la oración incluye siempre un "con"; no se puede orar a Dios de modo
individualista.
En la oración litúrgica, especialmente en
la Eucaristía, y --formados de la liturgia--, en cada oración no
hablamos solo como individuos, sino que entramos en el "nosotros" de la
Iglesia que ora. Y tenemos que transformar nuestro "yo" entrando en este "nosotros".
Me gustaría recordar otro aspecto importante. En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: "En
la liturgia de la Nueva Alianza toda acción litúrgica, especialmente la
celebración de la Eucaristía y de los sacramentos, es un encuentro
entre Cristo y la Iglesia" (n. 1097); por lo que es el "Cristo total", toda la Comunidad, el Cuerpo de Cristo unido a su Cabeza, el que celebra.
La liturgia no es, pues,
una especie de “auto-manifestación” de una comunidad, sino que es la
salida del simple “ser uno mismo”, ser cerrado en sí mismo, y entrar en
el gran banquete, entrar en la gran comunidad viviente, en la que Dios
mismo nos alimenta. La liturgia implica universalidad y este carácter universal debe entrar una y otra vez en el conocimiento de todos.
La liturgia cristiana es el culto del templo universal que es Cristo Resucitado, cuyos brazos están extendidos en la cruz para atraer a todos en el abrazo del amor eterno de Dios.
Es el culto a cielo abierto. No es nunca el solo evento de una comunidad única, con su ubicación en el tiempo y en el espacio. Es importante que todo cristiano se sienta y sea realmente insertado en este “nosotros” universal, que brinda la base y el refugio al “yo”, en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.
En esto debemos tener presente y aceptar la lógica de la encarnación de
Dios: Él se ha hecho cercano, presente, entrando en la historia y en la
naturaleza humana, convirtiéndose en uno de nosotros. Y esta presencia
continúa en la Iglesia, su Cuerpo. La liturgia no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino que es la presencia viva del Misterio Pascual de Cristo que trasciende y une a todos los tiempos y espacios.
Si en la celebración no emerge la centralidad de Cristo, no tendremos liturgia cristiana, totalmente
dependiente del Señor y sostenida por su presencia creadora. Dios actúa
a través de Cristo y nosotros no podemos hacerlo si no es a través de
él y en Él.
Cada día debe crecer en nosotros la convicción de que la liturgia no es nuestra, un "hacer" mío, sino que es la acción de Dios en nosotros y con nosotros.
Por lo tanto, no es el individuo --sacerdote o laico--, o el grupo que celebra la liturgia, sino que es sobre todo la acción de Dios a través de la Iglesia, que tiene su propia historia, su rica tradición y creatividad. Esta universalidad y apertura fundamental, que es característica de toda la liturgia, es una de las razones por las que esta
no puede ser creada o modificada por la misma comunidad o por los
expertos, sino que debe ser fiel a las formas de la Iglesia universal.
Incluso en la liturgia de la comunidad más pequeña, siempre está presente toda la Iglesia. Por esta razón no hay “extranjeros” en la comunidad litúrgica. En cada celebración litúrgica participa junta toda la Iglesia, cielo y tierra, Dios y los hombres. La
liturgia cristiana, aún si se celebra en un lugar y en un espacio
concreto y expresa el "sí" de una comunidad particular, es de por sí
católica, viene del todo y conduce al todo, en unión con el Papa, con
los obispos, con los creyentes de todos los tiempos y de todos los
lugares. Cuanto más animada está una celebración por esta conciencia,
tanto más fructífero es en ella el sentido auténtico de la liturgia.
Queridos amigos, la Iglesia se hace visible en muchos aspectos: en el
trabajo caritativo, en proyectos misioneros, en el apostolado personal
que cada cristiano debe realizar en su entorno. Pero el lugar donde
se vive plenamente como Iglesia es la liturgia: esta es el acto por el
que creemos que Dios entra en nuestra realidad y le podemos encontrar,
le podemos tocar. Es el acto por el que entramos en contacto con Dios: Él viene a nosotros, y nosotros somos iluminados por Él. Por
lo tanto, cuando en las reflexiones sobre la liturgia centramos nuestra
atención solo en cómo hacerla atractiva, interesante, hermosa, corremos
el riesgo de olvidar lo esencial: la liturgia se celebra por Dios y no
por nosotros mismos; es obra suya; es Él el sujeto; y nosotros debemos abrirnos a Él y dejarnos guiar por Él y por su Cuerpo que es la Iglesia.
Pidamos al Señor aprender cada día a vivir la sagrada liturgia, especialmente la Celebración eucaristíca, rezando
en el “nosotros” de la Iglesia, que dirige su mirada no hacia sí misma,
sino a Dios, y sintiéndonos parte de la Iglesia viviente de todos los lugares y de todos los tiempos. Gracias.
Traducido del original italiano por José Antonio Varela V.
©Librería Editorial Vaticana

